LA VIOLENCIA NATURALIZADA
Por Comunicación Social publicado 2020-06-15
POR: VANESSA SÁNCHEZ VIZCARRA
Twitter: vanessavizcarra
IG: vanessa_sanchezviz
Facebook: vanessa sanchez vizcarra
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“…Si no hubiese tolerancia social a la violencia hacia las mujeres
no habría tolerancia del Estado a estos crímenes”
Marcela Lagarde, sobre el Feminicidio.
La violencia contra las mujeres -particularmente el feminicidio- ha alcanzado un lugar preponderante en el debate público y en las agendas legislativas, ha invadido los discursos políticos y las planas periodísticas. Cabe entonces preguntarse: ¿por qué en medio de tan aparente suma de voluntades no hay avances? Es decir, hoy logramos identificar con conciencia clara que la vida de nuestras niñas, adolescentes y mujeres está en peligro constante, sin embargo, ¿qué tan dispuestos estamos a cambiar un entorno plagado de violencias, iniciando por lo fundamental que es identificarlas, hacerlas visibles, denunciarlas y sobre todo prescindir de ellas?
Este tema cobra importancia ante el caso de Johny Escutia, quien se autodenomina “King de la furia”, y lo insólito que resulta el que su pseudo música y letras estuvieran en las principales plataformas, a la vista y “libre” acceso de todas y todos.
El mundo de la música está muy lejos de ser uno sororo y tiene un largo recorrido de misoginia y violencia hacia las mujeres; las letras de las canciones, los compositores y los mismos intérpretes han hecho apología de la violencia, el feminicidio, el secuestro, la intimidación, las amenazas, la violación, la pedofilia, la necrofilia, las humillaciones y el trato denigrante hacia las mujeres, niñas y adolescentes, y de esto contamos con numerosos ejemplos.
Una situación alarmante son los canales de difusión, que rápidamente se extienden a través las redes sociales: es tan simple como abrir una página y desde ahí promover canciones como las de este “rapero”, quien exhibía letras en las que se describe “cómo violar, torturar y matar”.
Estas canciones hasta hace unos días se encontraban dentro del menú de algunas plataformas digitales para escuchar música en línea, sin importar que las leyes mexicanas prohíben de manera expresa este tipo de contenidos.
Por supuesto que se trata de un delito que se encuentra expresamente señalado en nuestras legislaciones, que prohíben “la difusión de contenidos discriminatorios en razón de género que atentan contra la dignidad humana y que tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas” (artículo 2 de la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión).
Asimismo, la acción penal contra quienes vulneran el derecho de mujeres, niñas y adolescentes a una vida libre de violencia, prevista en la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación, que impide “promover el odio y la violencia a través de mensajes e imágenes en los medios de comunicación” y “promover violencia física, sexual y psicológica por razón de género” (artículo 9).
Lo mismo ocurre con la apología a los delitos de feminicidio, lesiones, secuestro y pederastia, entre otros que se encuentran previstos y sancionados por el Código Penal Federal y que sitúan a estas canciones al margen de la legalidad. Entonces, si el problema se encuentra previsto en nuestras leyes, ¿cómo es que fue inobservado para las plataformas?
Denunciar, visibilizar, trabajar desde una sola voz, han sido las grandes lecciones del feminismo de todos los tiempos; es por ello que, gracias a una joven valiente de nombre Ana Luz y a su denuncia pública en los medios, las mujeres se sumaron y solicitaron a las plataformas que dejaran de difundir este tipo de contenido aberrante que contraviene no solo lo dispuesto en la ley, sino todo lo que nos dignifica como humanidad.
Aunque las empresas –no así las autoridades- actuaron de manera rápida, las reacciones provocadas estuvieron plagadas de amenazas y de violencias de parte de quienes defendían como derecho el acceso al contenido del material musical.
Esta situación es una muestra de la indolencia, apatía y negligencia de las autoridades ante la violencia de género, pero también de la indiferencia social por parte de quienes se resisten a prescindir de las violencias cotidianas e insisten en normalizarlas bajo el pretexto de una libertad acomodaticia e irresponsable.
La normalización de la violencia es el nudo del problema, y es importante realizar desde estas líneas un llamado a la conciencia, a no desistir, al compromiso con el cambio y la acción. Hoy logramos visibilizar una vez más esas violencias insertas en la sociedad y con ello fue posible cerrar ese espacio. Sabemos, no obstante, que no es el único ni el último.
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